La adopción de tecnología suele presentarse como una carrera hacia lo nuevo y muchas veces es lo más básico lo que falla.
Corremos hacia nuevas herramientas, nuevos conceptos, nuevos acrónimos. Inteligencia artificial, BIM, automatización, datos. En ese relato, casi siempre damos por hecho que lo básico ya está resuelto, que el suelo sobre el que pisamos es firme, o lo suficientemente firme, por lo menos.
Pero no siempre lo es.
En los últimos talleres que he impartido sobre uso de IA en entornos profesionales me he encontrado con una situación que, al principio, me desconcertó. Los participantes necesitaban comunicarse con los modelos de lenguaje a través de interfaces de texto, chats aparentemente sencillos, y sus mensajes eran, en muchos casos, sorprendentemente breves.
No eran breves por falta de ideas, ni por inseguridad conceptual, sino por algo mucho más elemental: no dominaban el teclado.
No se trataba de que no escribiesen rápido con diez dedos o de que no utilizasen atajos de teclado que yo consideraba básicos, que tampoco; es que directamente no escribían con todos los dedos de ambas manos.
Ese detalle, menor en apariencia, desde mi punto de vista, cambia muchas cosas.
Cuando el principal canal de interacción con una tecnología es el texto, la dificultad no está solo en saber qué pedirle a la herramienta, sino en ser capaz de expresarlo con fluidez. Si escribir supone un esfuerzo físico y cognitivo adicional, el pensamiento se acorta, se simplifica, se fragmenta. No porque la persona no tenga criterio, sino porque la interfaz se convierte en fricción.
Uno podría pensar que con interfaces de voz se solucionaría el problema, pero nada más lejos de la realidad: la ventaja del texto escrito es la necesaria reflexión para exponerlo, la posibilidad de borrar, cambiar, mover, de forma que el discurso se vuelve menos inmediato y la comunicación mucho más flexible. En términos generales, por supuesto.
Ser más consciente de esta situación me ha llevado a pensar que, en muchos procesos de digitalización, lo que realmente lastra el avance no son las herramientas. Tampoco la falta de potencia tecnológica. Son habilidades básicas que damos por supuestas y que no siempre están ahí.
Asumimos que todo el mundo sabe escribir con soltura en un teclado, del mismo modo que asumimos que sabe gestionar archivos, redactar un correo claro o mantener una conversación escrita compleja.
Y no siempre es así.
Resulta llamativo que se exijan competencias avanzadas como el manejo de entornos BIM, el conocimiento de idiomas, la capacidad de adaptación a nuevas plataformas o herramientas, etc., mientras que una de las interfaces más utilizadas en el trabajo diario sigue siendo el texto: mensajes, correos, documentos, instrucciones. Y, sin embargo, la habilidad mínima para usar un teclado de forma eficiente rara vez se cuestiona o se aborda de manera explícita.
Quizá parte del problema esté en cómo entendemos la adopción tecnológica. Tendemos a mirar hacia arriba, hacia lo sofisticado, sin revisar si la base acompaña. Pero ninguna herramienta, por avanzada que sea, compensa una interfaz mal dominada.
Cada vez veo más claro que en un contexto en el que cada vez más tecnologías se activan escribiendo, pensando por escrito, afinando matices a través del lenguaje, incluso aunque este no sea escrito, recuperar y reforzar esas habilidades básicas no es un paso atrás. Es, probablemente, una condición necesaria para avanzar de verdad.
Si quieres continuar la conversación, será un placer escucharte, y, por supuesto, si conoces a alguien que pueda estar interesado en acompañarnos en este espacio, siéntete libre de compartirle el correo y el enlace para que se una a la conversación.
Gracias por leerme.
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