Nuestro cerebro es muy cómodo. Tendemos a interpretar los problemas desde el marco mental que conocemos o que usamos con mayor frecuencia.
No suele ser una decisión consciente. Simplemente ocurre.
Cuando pasamos muchas horas trabajando con una misma aplicación, un mismo entorno o un mismo tipo de solución, cuando alcanzamos un cierto nivel de experiencia, esa herramienta acaba moldeando la forma en la que afrontamos los problemas.
No solo condiciona cómo los afrontamos, cómo los resolvemos, sino incluso cómo los formulamos.
El riesgo está en que la herramienta deje de ser un medio y pase a convertirse en el punto de partida.
Empezamos a analizar la situación preguntándonos qué podemos hacer o no nuestra herramienta, qué opciones ofrece, qué flujos trae definidos de serie. Poco a poco, el problema real se va diluyendo y se sustituye por una versión “compatible” con la herramienta. No porque sea más adecuada, sino porque resulta más cómoda o familiar, porque es la que mejor conocemos.
La inercia que esto genera es peligrosa.
Las soluciones empiezan a repetirse, los procesos se vuelven rígidos, ineficientes muchas veces, y cualquier cambio se percibe como una amenaza, no porque el problema sea complejo, sino porque la herramienta no lo gestiona bien.
En lugar de cuestionar el encaje de la herramienta, se fuerzan los procesos para que encajen en ella. Se trabaja más para justificar la solución que para resolver el problema.
Desde ahí, casi sin darnos cuenta, surge la necesidad de tomar distancia.
No hablo de abandonar las herramientas, sino de recolocarlas. De entender que no todo tiene que resolverse en el mismo punto ni con el mismo enfoque. Hay partes del proceso que piden reflexión, otras coordinación, otras ejecución técnica, y no todas se benefician de pasar por el mismo canal.
El enfoque exige desacoplar el problema de la herramienta y dividir la gran tarea en aquellas partes que pueden ser individualizadas. Entender el objetivo y la necesidad a cubrir para ir hacia atrás y poder analizar cuál es la estrategia adecuada para resolver cada una de las piezas que hemos generado.
Hablar de desacoplar no es hablar de fragmentar sin sentido, ni de añadir capas innecesarias. Es, más bien, reconocer que un flujo de trabajo sano admite distintos ritmos y distintos tipos de decisión. Es también hablar de que algunas tareas funcionan mejor si se resuelven antes, otras después, y otras incluso fuera del circuito principal.
Este planteamiento conecta de forma natural con la necesidad de aprender a mirar los problemas sin prisas, con la necesidad de hacernos a un lado de la vorágine para identificar aquellos aspectos más estratégicos de nuestro aporte.
El siguiente paso, desde mi punto de vista, es evitar que una herramienta, cualquier herramienta, monopolice nuestra mirada.
Se me ocurre, como ejercicio mental, analizar el problema y plantearlo desde restricciones: ¿cómo puedo resolver este problema sin ponga aquí su herramienta favorita?
No es cuestión de renunciar a una determinada herramienta, sino de devolverle su papel adecuado: el de servir al proceso, y no el de definirlo.
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Gracias por leerme.
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