Lo difícil no es saber, es explicarlo

Compartir conocimiento suena bien en teoría.

Es casi un mantra en cualquier discurso sobre transformación digital. Pero en la práctica, cuesta. Mucho más de lo que solemos admitir.

No es solo una cuestión de herramientas o de tiempo. Es, sobre todo, una cuestión cultural.

El conocimiento, especialmente el que se construye con años de experiencia, no es neutro. Está cargado de contexto, de decisiones tomadas en momentos concretos, de errores que no siempre se quieren volver a contar. Compartirlo implica exponerse. Implica reconocer cómo se hacen realmente las cosas, no cómo decimos que se hacen.

Y eso no siempre es cómodo.

A esto se suma otra fricción menos evidente: muchas veces ni siquiera somos conscientes de lo que sabemos. El conocimiento tácito, ese que se ejecuta casi sin pensar, es precisamente el más difícil de transferir. No está documentado, no sigue una estructura clara, y rara vez se verbaliza con facilidad.

Por eso, cuando hablamos de digitalización, aparece una paradoja recurrente: queremos estructurar, automatizar y escalar procesos que en realidad dependen de conocimiento implícito que nunca ha sido explicitado.

Y ahí es donde entran en juego los equipos.

No tanto por su tamaño o su estructura, sino por su diversidad. En particular, por la mezcla de perfiles de diferentes edades y trayectorias.

El tópico dice que los perfiles más jóvenes suelen moverse con naturalidad en entornos digitales. En parte lo comparto. Tienen menos apego a los procesos heredados y una mayor predisposición a cuestionarlos. Pero muchas veces carecen de contexto. No siempre saben por qué las cosas son como son. Y no siempre se preguntan el por qué.

Los perfiles más experimentados, en cambio, tenemos ese contexto. Hemos visto evolucionar los procesos, conocemos sus límites y entendemos las consecuencias de ciertas decisiones. Pero somos perfiles, de forma genérica, que podemos tener más resistencia a cambiar lo que, durante años, ha funcionado. Aunque creo que no es mi caso.

Cuando estos perfiles trabajan de forma aislada, las fricciones se amplifican. Unos perciben a los otros como rígidos o desfasados; los otros ven a los primeros como ingenuos o demasiado rápidos.

Pero cuando trabajan juntos, con intención, ocurre algo interesante.

El conocimiento empieza a hacerse visible.

Las preguntas de unos obligan a los otros a explicar lo que antes daban por supuesto. Las propuestas de cambio se filtran con criterio. Las decisiones dejan de basarse solo en la inercia o en la novedad, y empiezan a construirse desde una combinación más equilibrada de experiencia y exploración.

En ese cruce es donde la transformación digital deja de ser una capa tecnológica y empieza a convertirse en una transformación real del sistema de trabajo.

No porque se adopten más herramientas, sino porque se entienden mejor los procesos.

Y quizá ahí esté la clave.

No se trata solo de compartir conocimiento, sino de crear las condiciones para que ese conocimiento pueda emerger, cuestionarse y evolucionar.

Los equipos intergeneracionales no son una solución mágica, pero sí son un entorno especialmente fértil para que eso ocurra. Porque obligan, de forma natural, a hacer explícito lo que antes estaba implícito.

Y en ese ejercicio es donde empieza de verdad el cambio.


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *