Hace unos días, alguien faltó a su trabajo.
Nada grave. Un imprevisto le impidió ir. No se cayó el servidor. No desapareció ningún archivo. Todo siguió funcionando exactamente igual que el día anterior.
Bueno, exactamente igual, no.
Pronto aparecieron preguntas.
¿Hemos enviado ya la documentación a…?
¿Cuál era el presupuesto definitivo de…?
¿Alguien ha avisado de los cambios a la gente de cálculo?
¿A quién teníamos que llamar en el ayuntamiento?
Han preguntado por la factura. ¿Sabemos algo?
Quien faltó no es responsable de todas esas tareas. No oficialmente. No lo pone en ningún sitio. Pero sí es quien sabe cómo están, quién debe ocuparse de ellas y qué puede ocurrir si nadie lo hace.
Sin que nadie lo haya decidido, es quien mantiene unidas muchas de las piezas del despacho.
Es una situación que me encuentro con más frecuencia de la que me gustaría admitir. En los equipos pequeños solemos pensar que eso de la organización tampoco es tan imprescindible. Somos pequeños.
Nos vemos todos los días. Trabajamos mesa con mesa. Sabemos más o menos en qué está cada uno. Si surge una duda, preguntamos. Si cambia algo, lo comentamos. Si hay que hacer algo, alguien termina haciéndolo.
Y funciona.
Los proyectos avanzan. Llegamos a las entregas. Las facturas se cobran. Los clientes reciben respuesta cuando preguntan. Desde fuera, podría parecer que existe un sistema perfectamente organizado.
Porque funciona.
Pero por debajo no hay un sistema. Hay personas.
Personas que saben que el cliente llamó para pedir un cambio. Personas que se acuerdan de que falta un documento. Personas que conocen el nombre de la carpeta en la que se guardó aquel PDF hace tres meses. Personas que preguntan por una tarea justo antes de que se nos vaya por completo de la cabeza.
Nadie llamaría organización a esto.
Experiencia. Estar pendiente. Conocer la casa. Buena memoria…
Lo llamamos de muchas formas. Organización, no. O simplemente damos por hecho que funciona.
Una parte importante de la organización consiste no tanto en hacer como en evitar que ocurran cosas.
Cuando todo se hace bien, o más o menos bien, no pasa nada especial. No hay drama.
El archivo está donde se supone que tiene que estar. Quien tiene que recibir un aviso lo recibe. Las decisiones llegan a tiempo a donde tienen que llegar. Las tareas se hacen. Los proyectos continúan…
No hay carreras. No hay noches de entrega. No hay urgencias un sábado por la tarde.
Tampoco hay batallitas que contar el lunes a la hora del café.
Será por eso que valoramos más a quien apaga un incendio que a quien se pasa la vida evitando que se produzca.
El incendio se ve. Lo que lo evita, no.
Muchos despachos, casi todos los despachos, tienen a alguien así.
Es a quien preguntamos dónde está cualquier cosa. Es quien recuerda los nombres de los proyectos. Quien sabe por qué se tomó una decisión y dónde hay que llamar cuando aparece un problema en el último minuto.
Tiene superpoderes.
Convierte una conversación caótica con un cliente en instrucciones que el equipo entiende. Explica al director de proyecto lo que el equipo intenta decirle y consigue que lo entienda. Recuerda al equipo lo que el director de proyecto pidió hace una semana y ya habíamos olvidado.
Conecta la información. Mensajes de correo, archivos del servidor, tareas del tablero Kanban… Todo tiene sentido en su cabeza.
Y cuando hace su trabajo, apenas lo notamos. Todo pasa porque sí.
Como si los documentos se ordenaran solos. Como si las fechas comprometidas se recordaran solas. Como si todo el mundo recibiese la información que necesita justo cuando la necesita.
Todo gracias a una extraña alineación planetaria…
«Es que se organiza muy bien».
Seguramente sea cierto.
Pero un día se va de vacaciones. O se pone enfermo…
Y entonces, otra vez.
¿Dónde está…?
¿Quién llevaba…?
¿En qué habíamos quedado con…?
Todas las respuestas están ahí. Quien no está es quien las tiene.
Cuando un despacho toma conciencia de esta situación, suele buscar una herramienta.
Una nueva estructura de carpetas, porque así todos sabremos dónde están las cosas.
Un nuevo gestor de tareas, porque el anterior era demasiado complejo.
Un canal para cada proyecto, porque así las conversaciones no se solaparán…
Una nueva hoja de cálculo para el seguimiento de los proyectos. Esta vez mejor que la que ya tenemos, esa que no se actualiza sola.
Y durante unos días guardamos los archivos en su carpeta, actualizamos el estado de las tareas y preguntamos cada cosa en el canal que le corresponde.
Incluso actualizamos los proyectos en la hoja de cálculo.
Después llega el trabajo y vuelta a empezar.
Una decisión importante muere en una cadena de correos. Otra la resolvemos por teléfono porque «es más rápido». Alguien se envía las tareas a sí mismo por WhatsApp «para no olvidarse». La carpeta antigua no se borra porque nadie está seguro de haber trasladado todos los archivos a la nueva.
La hoja de cálculo, por supuesto, deja de actualizarse.
La misma desorganización, pero repartida entre más sitios.
La herramienta ayuda, claro que sí. Pero no decide qué debemos guardar, dónde hacerlo, quién debe encargarse ni dónde hay que buscar la información cuando cambia.
Eso lo decidimos nosotros.
Organizarse no es contratar una plataforma nueva. No es instalar una aplicación de tareas. Es ponerse de acuerdo en lo aburrido.
Cómo nombramos los archivos. Dónde se anotan las decisiones. Quién confirma que una tarea está revisada…
No es especialmente innovador ni queda demasiado bien en una diapositiva de PowerPoint.
Pero sostiene el trabajo.
Y eso no significa anotar cada cosa que hacemos. No se trata de convertir un despacho pequeño en una administración ni de redactar procedimientos tan largos que haga falta otro procedimiento para entenderlos.
Tal vez baste con prestar atención a las preguntas que se repiten.
La pregunta «¿dónde está este archivo?» es una pista.
Una tarea que alguien olvida es otra.
Cada vez que solo hay una persona que sabe cómo hacer algo, estamos ante una parte de nuestra organización invisible.
Podemos seguir confiando en que esa persona estará disponible, recordará todo y avisará a tiempo. Lo hacemos en muchos equipos.
Y puede funcionar durante años.
Hasta que un día no va a trabajar.
Entonces diremos que necesitamos organizarnos, como si hasta ese momento no hubiera existido ninguna organización.
Pero existía.
Estaba repartida entre conversaciones, costumbres, favores, avisos y la memoria de unos pocos.
Poquísimos.
Casi nunca hay que crear la organización desde cero.
Solo hay que decidir qué parte de nuestro sistema debe dejar de ser invisible.
¿Quién no puede dejar de venir a tu despacho?
Deja una respuesta