“No hacen ni puto caso”
Tú también lo has pensado alguna vez. En ese punto en cualquier proceso de cambio en el que aparece una sensación de frustración.
Y no es frustración puntual. Es algo más profundo.
Porque llegas ahí después de haber hecho lo que se supone que hay que hacer: desarrollar un sistema, adaptarlo, simplificarlo, intentar que encaje en el día a día, pensar en todos.
Y aun así, nada.
Y entonces tratamos de explicarlo con palabras cómodas: inercia, resistencia al cambio, compromiso, falta de cultura. Pero, reconócelo, es una forma elegante de no mirar el problema de frente.
Porque el problema real casi siempre es otro.
Ese problema, no es su problema.
Faltan incentivos.
No en el sentido económico. No siempre. En el sentido más básico: no hay un beneficio claro, inmediato y percibido por quien tiene que cambiar su forma de trabajar. Aunque lo haya. No lo ve. No lo siente suyo.
Hay algo que toca asumir: una solución puede tener valor… y aun así no ser valorada.
No porque no funcione. No porque esté mal diseñada. Sino porque ese valor no es percibido por quien tiene que ponerla en práctica.
O peor: porque resuelve algo que esa persona no siente como un problema, al menos, no como uno propio.
Ahí es donde aparece el bloqueo.
Tú, yo, desde fuera, vemos ineficiencias, errores, oportunidades de mejora.
Ellos, desde dentro, ven que lo que sea funciona “lo suficiente” como para no justificar el esfuerzo de cambiar.
Y cambiar siempre tiene un coste.
Aprender algo nuevo. Perder velocidad al principio. Salir de una zona donde uno ya sabe moverse y está cómodo. Bendita «zona de confort».
Si frente a eso la propuesta es una promesa difusa de mejora futura, el resultado es previsible.
«No hacen ni puto caso».
Y no es porque no haya intención de mejorar. Es porque, en la ecuación, en su ecuación, el beneficio no compensa.
Por eso el foco no tienen que estar solo en generar valor, sino en hacerlo perceptible, evidente, apetitoso.
Traducirlo. Acercarlo. Concretarlo. Hacerlo tangible.
Quien lo usa debe entender, sin esfuerzo, qué gana hoy, no lo que va a ganar dentro de seis meses. Debe ver el impacto en su trabajo de hoy mismo, de mañana como mucho, no en el sistema global.
Sentir que el cambio no es una cesión, es un intercambio.
Entender que tal vez vencer la inercia no va de empujar más fuerte. Va de ajustar la balanza.
Ver que el coste de no cambiar es mayor que el de cambiar. O, al menos, hacerlo ver hasta que el beneficio de aplicar el nuevo proceso deje de ser abstracto.
En ese momento todo empieza a moverse de forma natural. Se hace hábito.
Y deja de ser necesario repetirlo.
Porque ya no hay que convencer.
Ahora tiene sentido.
Deja una respuesta