No son héroes lo que necesitamos

Un compañero me ha contado cómo habían conseguido sacar adelante una entrega que, unos días antes, parecía imposible.

Habían llegado cambios a última hora. Se dieron cuenta de que les faltaba información. Un par de decisiones pendientes seguían pendientes y el plazo no esperaba.

El resumen de su método lo conocemos todos: apretaron.

Más de uno se quedó doblando turno. Parte de la documentación se hizo durante el fin de semana. Detectaron un problema el día antes de la entrega, cómo no, pero consiguieron resolver cuando parecía que ya no había margen.

Entregaron a tiempo.

El lunes todo eran ojeras, cafeína y felicitaciones del director de proyecto.

«Gran equipo»

«Esto sí es compromiso»

«Estoy orgulloso de vosotros»

Tenía razón. Seguramente.

Según me lo contaba, yo pensaba que tal vez estaban celebrando la parte equivocada de la historia.

Es un clásico en despachos y equipos. Convertir problemas de organización en demostraciones de compromiso.

Un plazo mal planteado pasa a ser un esfuerzo extraordinario.

Una decisión de última hora se convierte en una noche de cafeína y estrés.

Datos que se olvidaron de pedir a tiempo se convierten en una llamada desesperada.

El proceso que solo conoce Paco lo convierte en alguien imprescindible.

Y cuando todo termina bien… Problema resuelto… Hasta la próxima. Porque habrá próxima.

Todos conocemos a alguien capaz de salvar siempre estas situaciones.

Sabe dónde está el archivo que nadie encuentra. Recuerda cómo resolvimos algo parecido hace tres años. Conoce ese flujo de trabajo que no hemos terminado de documentar nunca porque «ya se hará cuando entreguemos».

Y cuando algo se atasca, sabemos a quién preguntar.

Si falla la exportación, llama a Chema.

Si no sabes cómo se sincroniza sin machacar trabajo, espera a que llegue Isabel.

Si la entrega se complica, tranquilo, Julián siempre resuelve.

Y parece una ventaja. Somos un gran equipo.

Pero Chema se va de vacaciones y descubrimos que no era solamente muy bueno haciendo su trabajo. Era parte del sistema.

Peor todavía, Chema era el sistema.

Tenía en la cabeza decisiones que nadie había escrito. Sabía qué error ignorar y cuál no. Conocía el atajo, la excepción y a quién llamar cuando nada funcionaba.

Conocimiento confundido con organización.

Pero todos hacemos algo parecido con las urgencias.

Hace unas semanas escribía sobre todo el trabajo que nos inventamos. Son situaciones que se parecen bastante.

Nos inventamos trabajo y después nos hacemos muy buenos resolviéndolo.

O añadimos tareas y aprendemos a gestionarlas de forma perfecta. O convocamos reuniones para aprender a hacerlas más eficientes, y escribimos cadenas interminables de correos para buscar después la herramienta perfecta para ordenarlas.

Y cuando una falta de planificación se convierte en urgencia, nos volvemos muy buenos en resolverlas.

Demasiado buenos. Buenísimos.

Y resolver bien un problema evita que nos preguntemos por qué existe siquiera ese problema.

Una entrega complicada termina saliendo gracias a un último esfuerzo, así que resulta fácil aceptar una siguiente entrega complicada. Como siempre hay quien sabe dónde encontrar la información, no es tan urgente organizarla. Siempre hay alguien que puede arreglar en dos horas lo que llevamos dos días haciendo mal, así que nadie busca tiempo para averiguar por qué lo hacemos mal.

Siempre hay un héroe que resuelve el problema.

Y, sin querer, es posible que esté ayudando a conservarlo.

No porque quiera ser imprescindible. Que, a veces, seguro que sí. Es sólo que los incendios que queman se ven más que los incendios que no llegan a encenderse.

Todos tenemos anécdotas de aquel proyecto que nos tuvo treinta y seis horas a piñón para conseguir entregar. Y que se entregó.

Los seis meses en los que todo el mundo se va a su hora para casa no generan anécdotas.

Nadie te felicita por dejar un archivo donde tenía que estar. Ni por pedir la información con antelación. Ni por decidir que una tarea no hace falta. O por evitar que una reunión llegue a convocarse.

No hay épica en evitar trabajo.

Y quizá por eso lo acumulamos.

Es posible que una organización funcione mejor no cuando tiene más héroes o más personas capaces de hacer cosas impresionantes, sino cuando no necesita personas capaces de acciones extraordinarias continuamente.

Que alguien salve una entrega es una suerte.

Que alguien salve todas las entregas es otra cosa.

Mientras ese compañero me contaba cómo lo habían peleado y cómo les habían felicitado, yo pensaba que tal vez la próxima vez que alguien consiga apagar uno de esos incendios habrá que felicitarlo, por supuesto.

Pero, cuando el humo del incendio se haya ido, tal vez haya que preguntarse por qué había fuego.


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