Apagar fuegos no es avanzar

Hay días en los que llegas al despacho con una idea bastante clara de lo que vas a hacer. O, por lo menos, con una idea clara de lo que deberías hacer.

Tienes un plan: revisar una propuesta que entró la semana pasada, preparar la planificación para la vuelta del verano, ordenar la información del proyecto que entregamos hace dos días, documentar una decisión de obra antes de que nadie olvide por qué se tomó, pensar, aunque sea durante una hora, en cómo evitar que vuelva a repetirse aquel problema.

Pero entonces aparece un correo en la bandeja. Alguien ha escrito urgente en el asunto.

Después, entra una llamada en el móvil.

Aparece un plano que hay que corregir antes de que salga la medición. Una consulta de obra que no puede esperar. Un archivo que el jefe de obra necesita para dentro de media hora. La reunión de las 13:00h se adelanta. Aquella incidencia de hace tres semanas, ahora resulta que es prioritaria…

Cuando termina el día, no sabes cómo, pero casi todo está resuelto. Lo urgente.

De lo importante, casi nada ha avanzado. O no ha avanzado nada.

Has enviado correos, atendido llamadas, corregido documentos y tomado decisiones. Ha habido movimiento. Incluso puede que estés agotado. El cansancio sirve siempre como prueba de que se ha trabajado mucho.

Incluso podrías decir que ha sido una jornada productiva.

Pero trabajar mucho y avanzar no siempre son la misma cosa.

Lo urgente tiene una ventaja difícil de combatir: hace ruido. Mucho ruido.

Lo urgente siempre llega acompañado de una fecha, una llamada, una persona esperando o una posible consecuencia inmediata, y te obliga a reaccionar.

Lo urgente no necesita justificar por qué merece nuestra atención porque ya viene envuelto en presión.

Lo importante, no. Lo importante suele comportarse de otra manera.

Lo importante no llama por teléfono. No envía recordatorios. No aparece en rojo en la bandeja de entrada.

La organización de los archivos no protesta hasta que nadie encuentra la última versión. La planificación no interrumpe hasta que los plazos empiezan a echarse encima. Tu formación no es imprescindible hasta que aparece una tarea que no sabes resolver. La revisión de un procedimiento puede estar encima de la mesa durante meses, aunque no revisarlo te obligue a repetir cada semana los mismos pasos que sabes que no son los mejores.

Lo importante guarda silencio mientras se deteriora.

En muchas organizaciones, da igual su tamaño, esta dinámica se acepta como parte inevitable del trabajo: siempre hay una entrega cercana, una obra que reclama respuestas, un cliente que necesita una aclaración o una administración que solicita un documento inesperado. Trabajamos en entornos donde muchas decisiones dependen de otras personas y donde cualquier cambio puede alterar una cadena completa de tareas.

El problema no es que existan urgencias. El problema es que llega un momento en que las urgencias dejan de ser una excepción y se convierten en un sistema de gestión.

Ahí es cuando todo empieza a funcionar por interrupciones.

Se atiende primero a quien insiste más. Se revisa antes lo que vence antes. Se resuelven los problemas sin pararse a analizar por qué se han producido. Se corrigen documentos sin mejorar el proceso que los ha generado. Se incorporan herramientas sin decidir cómo deben utilizarse, o si debieran utilizarse siquiera. Se toman decisiones que nadie registra porque no hay tiempo para documentar, ya se documentará cuando acabemos.

Y, de repente, sin darnos cuenta del todo, el trabajo importante se transforma en trabajo urgente.

¿La planificación que no se hizo? Una entrega improvisada. ¿La información que no se ordenó? No aparece cuando se necesita. ¿La comprobación que ya se haría al acabar? Un error inesperado. ¿La conversación que se evitó? Un conflicto por falta de comunicación.

Las urgencias no nacen de acontecimientos imprevisibles. No todas.

Las urgencias nacen de tareas importantes que aplazamos cuando todavía hubiéramos podido hacerlas con calma.

Si nuestra organización es pequeña esto tiene un efecto todavía más peligroso. Los recursos son limitados. Los planos los hace el que hace los cálculos, los informes o los modelos. Y es el mismo que responde correos, prepara presupuestos, coordina colaboradores, atiende clientes, resuelven incidencias…

No hay un departamento que absorba el caos. Cada interrupción desplaza una tarea que íbamos a resolver.

Por eso es tan fácil acabar centrándonos en lo que vence antes, aunque no sea lo que más valor aporta. El que más ruido hace es el que ocupa toda la mañana. Esa petición de última hora es la que nos consume la tarde. Y aquello que podría mejorar realmente nuestra forma de trabajar vuelve a quedar para la semana que viene.

Aplazamos la revisión de los honorarios.

Aplazamos la mejora de la plantilla que siempre toca rehacer.

Aplazamos la automatización de esas tareas repetitivas.

Aplazamos incluso un tiempo de reflexión sobre qué encargos nos conviene aceptar y cuáles no.

No porque todo esto sea poco importante. En el fondo, sabemos que no. De hecho, porque son tan importantes nos exigimos un tiempo perfecto que nunca llega. Cuando acabe esto. Cuando entregue el proyecto. Cuando cierre la obra…

¿Será que la gestión no va sólo de resolver bien los problemas que aparecen?

¿Será que tal vez consista también en proteger tiempo para aquello que todavía no duele? Spoiler: si no hacemos nada nos dolerá dentro de seis meses.

Siempre habrá algo urgente esperando.

¿Cuántas de las urgencias que hoy ocupan todo nuestro tiempo existen porque llevamos demasiado tiempo dejando lo importante para la semana que viene?


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