Cuando algo no funciona

El sábado conduje un taller para el Grupo de usuarios BIM de Galicia. Unos cuantos apasionados de la tecnología con sus portátiles encendidos pasando la mañana del sábado para aprender juntos.

Tenía previsto impartir el taller estructurado en cuatro partes. El recorrido estaba claro: una secuencia pensada para avanzar paso a paso hasta completar el objetivo de la sesión: construir una herramienta que generase informes de visita de obra de forma automatizada.

Pero no siempre es así como funcionan las cosas.

Hay una frase de Mike Tyson que lo resume con bastante precisión: “Everyone has a plan until they get punched in the mouth.»

En muchos proyectos ocurre exactamente lo mismo. Planificamos el proceso, ordenamos los pasos, definimos qué debe ocurrir en cada fase. Sobre el papel todo encaja. El itinerario parece lógico, incluso inevitable.

Y entonces aparece la realidad.

A veces no lo hace en forma de un gran problema. No es una decisión equivocada ni un obstáculo insalvable. Con frecuencia es algo mucho más pequeño: un supuesto que no era correcto, un dato mal introducido, una configuración que nadie revisó porque parecía evidente.

Detalles mínimos.

Lo interesante es que estos pequeños errores tienen una capacidad desproporcionada para desordenar sistemas completos. Un elemento diminuto puede bloquear todo un proceso, hacer que el resultado no aparezca donde debería o que el trabajo se derrumbe una y otra vez sin una causa evidente.

En ese momento el plan deja de ser el protagonista.

Lo que entra en juego es otra cosa: la disposición a detenerse, mirar el problema desde distintos ángulos y volver sobre los pasos dados. Abrir la conversación, para mí fue la clave, compartir lo que está fallando y permitir que más ojos y más experiencias entren en juego.

Y no porque lo resuelva otro, sino por la conversación en sí, que te obliga a mirar desde todos los puntos de vista. Incluso, por supuesto, aquellos que habías dejado de lado por su obviedad.

Porque cuando un problema se pone encima de la mesa, deja de ser una carga individual y se convierte en un reto compartido. Alguien cuestiona un supuesto, otra persona revisa un detalle que parecía menor y, poco a poco, el punto donde todo se torció empieza a aparecer.

A menudo es algo pequeño. Ridículamente pequeño. En esta ocasión: una barra inclinada que no estaba donde debía.

Pero suficiente para cambiar todo el recorrido.

La planificación sigue siendo necesaria. Sin ella no hay dirección ni marco de trabajo. Pero conviene recordar que los planes no son una garantía de que el proceso vaya a desarrollarse como esperamos.

Son, simplemente, el punto de partida.

El resto lo decide la realidad. Y la forma en que decidimos afrontarla juntos.


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