Deja, ya lo hago yo

Lo hemos dicho y escuchado tantas veces que apenas le prestamos atención y vale la pena pararse un momento a pensar todo lo que implica.

«Deja, ya lo hago yo.»

Alguien del trabajo lleva un rato intentando resolver lo que sea. Puede ser una fórmula en una hoja de cálculo que no cuadra. Un detalle que hay que adaptar con algún cambio. Una respuesta a un correo que no acaba de encajar. Te pregunta y te acercas para verlo.

Lo ves enseguida. Identificas el problema que atascaba todo. Sabes dónde tocar, qué dato falta o qué hay que decir. Explicárselo a tu compañero llevaría un rato. Hacerlo tú, dos minutos.

Lo haces.

El compañero te da las gracias. Él vuelve a lo suyo. Tú vuelves a lo tuyo. El trabajo sigue adelante y todos satisfechos. Hemos resuelto el asunto.

Hasta que vuelve a pasar.

Será otro proyecto, igual hasta el mismo, u otra hoja o un cliente distinto. Cambiarán algunos detalles, pero la duda será parecida. Igual es la misma. Te volverá a preguntar. Te volverás a acercar. Volverás a resolverlo.

Una vez más.

Un día, entre interrupción e interrupción, se cruza por tu cabeza aquello de «si es que tengo que estar pendiente de todo».

Y puede que tengas razón.

Hay cosas que dependen de ti. Lo que igual no acabas de ver es cuánto has contribuido a esa dependencia con aquellos dos minutos con los que tantas veces se ha salvado la mañana.

En despachos pequeños compartimos mucho trabajo. Repartimos proyectos, documentos, planos, llamadas, tareas. La carpeta común puede estar perfectamente ordenada y con acceso para todos los archivos. Pero compartir el qué no garantiza que compartamos el cómo.

La hoja de cálculo está ahí. Está ahí para todos. Lo que no está en ningún sitio es la explicación de por qué esa celda no se toca, de dónde sale aquel valor o cuál es la comprobación que garantiza que el resultado es bueno.

El correo del cliente está ahí también. Pero el primero que lo recibe no sabe que cuando ese cliente pide «algo sencillo» deja fuera del correo la mitad del trabajo que está pidiendo. Tú lo sabes. Has hablado con ese cliente tantas veces como para saber qué preguntarle antes de ponerte en marcha y dejar por escrito lo que necesita.

Es conocimiento que se ha ido formando con los años. Construido a base de errores, conversaciones y trabajos, los que salieron bien pero también los que costaron más de la cuenta. No siempre es fácil explicarlo. A veces ni siquiera nosotros mismos somos conscientes de que lo estamos utilizando.

A veces, ni siquiera conscientes de que tenemos ese conocimiento.

Pasa que quien está con la tarea tiene los datos, pero necesita que alguien le ayude a interpretarlos. Puede repetir los pasos que le mostraste la última vez. Puede copiar una solución parecida que le pasaste. En cuanto aparece algo que no estaba la última vez, vuelve a preguntar. En cuanto la solución no es exactamente la misma, vuelve a preguntar.

Y pensamos «no tiene autonomía».

Tal vez no la tenga. Pero también puede ser que le falte algo que nunca le hemos dado. Hemos corregido su trabajo sin contarle qué comprobábamos. Le hemos enviado la respuesta del correo sin explicarle qué faltaba en la anterior. Le hemos pedido que use nuestro criterio sin contarle cómo llegamos hasta ahí.

No hace falta esconderlo para que el conocimiento se quede encerrado.

Por supuesto que hay quien guarda lo que sabe porque siente que ahí está su valor, su posición o su seguridad. Pero muchas otras veces basta con tener prisa. Basta con resolver por el camino más corto. Basta con pensar que ya habrá otro momento mejor para sentarse a explicarlo.

Pero ese «otro momento mejor» tiene que competir con las entregas, con las llamadas o con más dudas de quienes siguen necesitando nuestra ayuda.

Cuantas más cosas resolvemos nosotros mismos, menos tiempo tenemos para explicar cómo las resolvemos.

Y cuanto menos explicamos, más vuelve a nosotros.

Nos buscan. Confían en nosotros. Sabemos dar una respuesta cuando los demás no la tienen. Claro que hay algo agradable en todo eso. Por eso es fácil acostumbrarse a ocupar ese lugar, aunque nos quejemos de las interrupciones.

Pero llega ese momento en el que necesitamos ocuparnos de nuestra tarea. Necesitamos desarrollar un servicio, preparar una propuesta, revisar la estrategia o simplemente trabajar un par de horas seguidas en algo que necesita toda nuestra atención. Y descubrimos que repartir tareas no nos ha liberado tanto como esperábamos. Pero es que igual no hemos repartido nada.

Hay más gente trabajando pero casi las mismas cosas esperando.

No todo se aprende con una explicación. No. Hay criterio que necesita experiencia, y alguien que empieza seguirá necesitando ayuda un tiempo. Compartir experiencia también es aceptar que el otro irá más despacio, aceptar que hará preguntas con respuestas evidentes, que puede llegar a una solución que no es la nuestra…

Aquellos dos minutos empiezan a no parecer tan baratos. A no parecer «sólo dos minutos».

Hacer un trabajo y ayudar a otro a entenderlo son cosas muy distintas. Ambas resuelven pueden resolver una entrega. La segunda, es posible que cambie todas las entregas que vengan.

No nos engañemos. Es fácil que la próxima vez que alguien se acerque con una duda volvamos a decir «Deja, ya lo hago yo». Pero ahora tal vez valoremos de otra forma esos dos minutos y no nos preguntemos por qué todo sigue dependiendo de nosotros.


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