Durante mucho tiempo hemos pensado que el conocimiento era caro porque la información era difícil de conseguir.
Había que comprar libros. Suscribirse a revistas. Ir a una biblioteca. Preguntar a quien sabía más que tú. Encontrar una respuesta tenía un coste evidente: dinero, tiempo o ambas cosas.
Hoy sucede justo lo contrario.
La información es prácticamente gratuita. Está en todas partes, a cualquier hora y en cualquier formato. Si quieres saber algo, basta con abrir el móvil. Y, sin embargo, encontrar una buena respuesta nunca había sido tan caro. No porque haya que pagar por ella, sino porque el precio ha cambiado de sitio.
Ahora pagamos con atención. Pagamos con el bien más preciado que tenemos. Pagamos con nuestro tiempo.
Cada búsqueda que empieza con una pregunta termina convertida en diez pestañas abiertas, tres vídeos de YouTube, dos artículos que se contradicen y una respuesta generada por IA que parece convincente, aunque no tengas del todo claro si es correcta. El problema ya no es acceder a la información. El problema es decidir cuál merece la pena.
Buscar ya no consiste en encontrar datos, sino en filtrar ruido. Y filtrar ruido requiere algo que cada vez escasea más: tiempo para pensar.
La IA ha acelerado todavía más este cambio. Hace unos años el esfuerzo estaba en localizar la información. Hoy cualquier IA puede econtrarla en segundos, resumirla e incluso responder directamente a la pregunta. Puede parecer que el coste de buscar ha desaparecido, pero en realidad sólo se ha desplazado.
Ahora el esfuerzo consiste en saber si puedes confiar en la respuesta. En detectar cuándo falta contexto, cuándo una explicación simplifica demasiado un problema complejo o cuándo una afirmación suena convincente simplemente porque está bien redactada. La IA no elimina la necesidad de pensar; hace todavía más evidente su importancia.
Curiosamente, en muchos despachos profesionales, en muchas organizaciones, ocurre exactamente lo mismo con la información de los proyectos, de los expedientes. Rara vez falta documentación. Lo habitual es que sobre. Hay correos, actas, modelos, planos, PDFs, capturas de pantalla, mensajes de WhatsApp, comentarios, anotaciones dispersas en ya no se sabe cuántas herramientas…
La decisión que alguien necesita probablemente ya existe. El problema es encontrarla.
Y encontrar esa decisión, esa respuesta, tiene un coste que nunca se recoge en un presupuesto.
Cada vez que alguien pregunta cuál era la última versión de un plano, por qué se modificó un detalle o quién tomó una determinada decisión, la organización vuelve a pagar por una información que ya había generado. No está creando conocimiento nuevo; simplemente está financiando una y otra vez el proceso de recuperarlo.
Muchas organizaciones creen que necesitan generar más información. Más informes, más documentación, más procedimientos. Mi impresión es justo la contraria. El verdadero valor no está en producir más conocimiento, sino en conseguir que el conocimiento existente aparezca en el momento adecuado, para la persona adecuada y sin que nadie tenga que preguntar dónde está.
Hubo un tiempo en el que me preocupaba el espacio de disco, mi cuota de correo electrónico o lo que ocupaban mis imágenes. Hoy ya no. En un tiempo en el que el problema ya no es almacenar información el verdadero problema se hace más evidente. El verdadero problema es recuperarla.
Me pregunto qué pasaría si esa persona que está al tanto del expediente, esa que es quien mejor conoce el proyecto, no viniera a trabajar el lunes, ¿cuánto tiempo tardaría el resto del equipo en encontrar toda la información necesaria para continuar exactamente donde ella la dejó?
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