La semana pasada estuve en un encuentro por el Día Mundial del Emprendimiento. Ayer tocó algo más cercano: la asamblea anual de Pont-Up Store. Dos planos distintos, pero que se cruzan más de lo que parece.
En el encuentro de la semana pasada flotaba una idea clara: hay ilusión, hay ideas, pero también dudas sobre cómo convertir todo esa ilusión y esas ideas en proyectos sólidos. Se habla mucho de empezar, menos de sostener.
Ayer, en la asamblea, la conversación bajó a tierra. Los protagonistas eran emprendedores, no políticos. Igual eso tuvo algo que ver.
Renovamos la directiva de Pont-Up Store y seguiré unos años más implicado desde dentro. No tanto desde el discurso, sino desde lo que implica intentar empujar iniciativas en un entorno donde nada está del todo cerrado. Donde las cosas avanzan, se frenan, cambian de forma o directamente desaparecen. La incertidumbre siempre como punto de encuentro.
Durante el evento entregamos los premios a la innovación. Proyectos de socios que están explorando caminos nuevos, algunos con recorrido claro, otros todavía en fase muy inicial. Entre ellos, hubo una mención a un proyecto personal que llevo tiempo desarrollando a un ritmo calmado, a un ritmo más lento del que a veces me gustaría, pero que va tomando forma poco a poco.
Y eso también forma parte de la foto.
Porque tendemos a asociar emprendimiento con velocidad, con crecimiento, con tracción. Pero muchas veces se parece más a otra cosa: a insistir en algo sin tener del todo claro ni el ritmo ni el resultado. A convivir con proyectos que avanzan a trompicones mientras otros se caen por el camino. Algunos mueren rápido. Otros aparecen y desaparecen durante meses. Algunos te los encuentras sin buscarlos. Y otros, aunque no funcionen, se quedan dando vueltas más tiempo del que esperabas.
No hay una línea clara que separe lo que “es” de lo que “no es” emprendimiento. Incluso hay algo que se pasa por alto con frecuencia: no todo el mundo emprende montando una empresa.
Mucha gente emprende desde dentro de las organizaciones, desde los equipos, los estudios, las empresas más grandes, también desde la administración. Desde ahí se emprende en igual medida.
Cuando alguien intenta cambiar cómo se hacen las cosas, cuando propone una forma distinta de trabajar, cuando asume el desgaste de empujar algo que no estaba antes… eso también es emprender. Y a veces con más fricción que fuera.
Porque no solo hay incertidumbre técnica o de mercado. También hay inercias, estructuras, responsabilidades compartidas. Y aun así, hay gente que decide meterse ahí. Eso también debería formar parte de la conversación cuando hablamos de emprendimiento.
Por eso cada vez me cuesta más ver el emprendimiento como una meta. No es algo que alcanzas cuando un proyecto funciona. Ni algo que desaparece cuando uno sale mal.
Tiene más que ver con la actitud con la que te relacionas con todo esto. Tiene que ver con esa necesidad de probar, de entender, de ajustar. Con esa incertidumbre que implica no tener nunca la versión definitiva. Tiene que ver con la sensación de estar siempre en borrador.
La semana pasada, desde uno de los pazos de A Ulloa, escuchaba una referencia a Emilia Pardo Bazán que iba justo por ahí: observar antes de construir.
Es cierto que cuando estás metido en varios frentes a la vez, muchas veces no hay tiempo para observar con calma. Lo que hay es movimiento. Decisiones rápidas. Aprendizaje sobre la marcha.
Y aun así, sigues.
No porque tengas claro a dónde vas, sino porque hay algo en el proceso, en la forma de canalizar la curiosidad, que hace difícil pararse del todo.
Y da igual si es desde tu posición de empresario, de asalariado o de parte de la administración. Curiosidad, inconformismo e incertidumbre, forman un coctel explosivo.
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