El espejismo de la productividad

Hace unos días vi a alguien generar en apenas unos minutos una presentación que, hace no tanto, le habría llevado días de trabajo. Automatizaciones, IA, generación de contenido, tablas perfectamente estructuradas, imágenes, resúmenes… todo funcionando a una velocidad absurda.

Mi sensación inicial fue de admiración. Conozco las herramientas. Conozco el proceso. Aún así: impresionante!

La segunda sensación, casi inmediata, llegó al revisar algunos de los datos que aparecían en la presentación.

Silencio.

Nadie tenía claro de dónde había salido exactamente esa información, qué implicaciones tenía ni qué pasaría si algunos datos cambiaban en otra parte del proyecto. El flujo había funcionado. El resultado parecía correcto. Pero el proceso seguía siendo una caja negra.

Para mí, la situación resume bastante bien uno de los grandes problemas de procesos de transformación digital a día de hoy.

Muchas veces creemos que digitalizarse consiste en aprender herramientas nuevas. Dominar interfaces. Automatizar tareas. Generar resultados más rápido. Pero entender botones no siempre significa entender trabajo.

Las herramientas aceleran. Sí. Pero solo aceleran aquello que ya existe. Y si el proceso está mal planteado, mal conectado o simplemente no se comprende del todo, sobre todo si no se comprende del todo, la tecnología no lo arregla. Solo consigue que el problema viaje más rápido.

El uso generalizado de la IA está haciendo esto especialmente visible. Hay tareas que hoy podemos resolver en segundos. Procesos que antes necesitaban perfiles especializados y que ahora parecen triviales. Pero cuanto más fácil resulta producir resultados, más importante se vuelve entender qué estamos produciendo realmente.

Qué información interviene. De dónde sale. Quién la necesita después. Qué decisiones dependen de ella. Qué ocurre si cambia. Qué impacto tiene dentro del flujo completo del proyecto. Entender que nuestro trabajo pocas veces es un objetivo en si mismo.

El problema no es técnico. Es estructural.

Grupos equipados con herramientas avanzadas siguen trabajando con procesos improvisados. Personas capaces de generar documentos espectaculares no saben explicar cómo llega la información de un punto a otro. Automatizamos tareas una a una mientras seguimos dependiendo de llamadas, mensajes y revisiones manuales para que el proyecto no se rompa por algún lado.

En un momento dado, con más frecuencia de la deseable, aparece la sensación de que “la tecnología no funciona como nos prometían”.

Quizá el problema nunca fue la herramienta.

Quizá el salto no consiste en aprender software nuevo. Quizá el salto consiste en empezar a entender mejor los procesos que hay detrás del trabajo. Porque las herramientas cambian constantemente. Lo que hoy nos parece revolucionario dentro de dos años será lo normal. Incluso irrelevante.

Si algo permanece es la capacidad de comprender sistemas, conectar información y tomar decisiones con criterio.

Las herramientas no piensan por nosotros. Amplifican nuestra forma de trabajar. Y cuando el proceso es confuso, la tecnología también termina siéndolo.


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