Hace unos días he estado en Valencia, en EUBIM, sin lugar a dudas, el mejor congreso BIM en España. La próxima semana estaré en Santander, en otro congreso, en esta ocasión la primera edición del congreso IC2.
Y mientras preparo el viaje me doy cuenta de algo que llevo viendo desde hace tiempo.
Hay compañeros que acuden a este tipo de eventos pensando únicamente en las ponencias.
Revisan el programa, seleccionan las sesiones que les interesan, toman notas, hacen fotografías de algunas diapositivas y vuelven a casa sabiendo que han aprovechado el tiempo.
Y, sin embargo, muchas veces lo más valioso ocurre fuera de la sala.
En los pasillos.
En los descansos del café.
Durante las comidas.
En esa conversación improvisada que empieza comentando la ponencia que acabas de escuchar y termina derivando hacia un proyecto, una colaboración o una idea que ninguno de los dos habíais previsto.
Porque el conocimiento está disponible. Hoy más que nunca.
Las presentaciones se publican. Los vídeos se comparten. Los artículos aparecen tarde o temprano en internet.
Más rápido, más cómodo, desde tu casa, en zapatillas.
Lo que no siempre está disponible es la conversación. La posibilidad de preguntar. La posibilidad de matizar, de discrepar, de escuchar lo que no aparece en la diapositiva.
Quizá por eso, a pesar de lo tecnológico que me considero, sigo asistiendo a este tipo de encuentros. Aunque buena parte de los contenidos me puedan resultar familiares. Aunque haya visto parte de la charla antes en un webinar, en YouTube.
No sólo es aprender.
Es conocer, contactar, reencontrarme.
A lo largo del año comparto mensajes, reuniones virtuales, comentarios y proyectos con muchas personas repartidas por distintos lugares. A ti mismo, que estás leyendo esto, es posible que no te haya conocido nunca en persona. Algunos os habéis convertido con el tiempo en amigos. Sin embargo, en muchos casos, sólo coincidimos físicamente una o dos veces al año.
Y es curioso cómo una conversación de veinte minutos en un congreso, en cualquier evento, puede reforzar más una relación profesional que decenas de videollamadas, correos electrónicos, mensajes, etc.
Porque también necesitamos presencia.
También necesitamos contexto.
Necesitamos tiempo compartido.
A veces hablamos de networking como si consistiera en repartir tarjetas o acumular contactos en LinkedIn.
Yo cada vez lo veo más como otra cosa.
Como cuidar una red que ya existe.
Como poner cara a una conversación digital.
Como descubrir que detrás de un perfil social, del logo de una empresa o de un cargo en una tarjeta de visita hay una persona con inquietudes, problemas y objetivos muy parecidos a los tuyos.
Y muchas veces es ahí donde empiezan las oportunidades.
No durante la ponencia.
Cuando termina.
¿Nos vemos?
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